viernes, 23 de junio de 2017

LA VIRGEN DEL MOLINO

A mediados de 1927, los agraristas comandados por Manuel Rodarte se había apropiado de toda la región. Como integrantes de la defensa social, eran echados por delante en las incursiones que el ejército del general Anacleto López realizaba para acabar con el peligro que representaban los cristeros.
Ya le tenían tirria al antiguo villista Sabino Salas levantado en armas ahora como cristero, pues como perfecto conocedor de la sierra, siempre se les escabullía, los toreaba, les ponía “cuatros”; así que decidieron ir a “echar una corrida” por la sierra, siguiendo los consejos de un espía que les había asegurado que los pardos de Sabino Salas “sesteaban” en un ranchito de aguas por aquel rumbo.
Muy de madrugada, los agraristas salieron de Jerez con la intención de llegar a la sierra apenas clareara el día pensando en sorprender a los guerrilleros de Salas. Recorrieron buena distancia, sin encontrar nada, hasta que en la lejanía vieron una pequeña humareda y se dirigieron al galope pensando que ahí estaban los contrarios. Muy humilde era el ranchito de aguas. Un pequeño jacal, un gallinero, algunos puercos… pero nada de cristeros, solo dos ancianos.

Para pronto los agraristas se apearon de sus caballos y se fueron sobre los cochinos y las gallinas, no se podían ir con las manos vacías. Los viejitos los veían hacer, sin atinar a decirles nada, con mirada temerosa. Gritos, sollozos y maldiciones se dejaron oír de pronto. Uno de los agraristas había encontrado escondida en el gallinero a una niña de unos 14 años, morena, algo regordeta y cuentan que era bonita de cara.
-¡Mira nomás lo que me jallé! ¡Esta me gusta como para casarme con ella!- dijo uno de los agraristas, mientras de manera soez acariciaba el cuerpo de la niña, y amarrándola fuertemente de las manos la subió a su caballo. La niña lloraba aterrada y gritaba pidiéndole auxilio a su abuelito.
-¡Agüelito, no dejes que me lleven! ¡Agüelito, diles que no me lleven!-. Pero los energúmenos sujetos se reían a carcajadas de la adolescente. Esta, brincó del caballo, cayendo aparatosamente, cosa que fue celebrada ruidosamente y con grandes risotadas por los robacochinos y robagallinas. -¡Mira que tu novia no quiere ir a caballo!-. -¡Pos si no quere ir ansina, pos onque sea me la llevo arrastrando hasta Jerez!-.
Luego de cargar las gallinas bien amarradas de las patas, y de echar los cochinos arriba de los caballos, los agraristas emprendieron el regreso, sin hacer caso de los gritos y súplicas del anciano, haciendo oídos sordos a los gritos y lágrimas de la niña, que amarrada de las manos y atada a una cuerda era obligada a seguir al montado a caballo.

La Lechuguilla, parecía un rancho fantasma. Muchos de sus pobladores andaban en la sierra. Solo ancianos y mujeres grandes veían por las puertas entrecerradas la caravana que desde muy lejos se hacía notar por los gritos plañideros de la niña que llevaban casi arrastrando tras de un caballo. Sus gritos se perdían en la lejanía, subían hasta las estribaciones del cerro del Despeñadero donde los ecos multiplicaban las súplicas. -¡Agüelito, agüelito, agüelito!.... ¡No dejes que me lleven!
Valientemente un grupo de viejos del rancho se acercó con los agraristas. -¡Buenos días les de Dios, sus mercedes! Y dirigiéndose al jefe le dijeron: -Mire patrón, no sabemos qué delito haiga cometido esa criaturita que llevan arrastrando. No sabemos qué atrocidá haya hecho para que la traigan así. Pero les pedimos de caridá que no la lastimen más. Miren, nosotros somos gente muy probe, pero les damos lo que queran, pueden entrar a todas nuestras casas, tomen lo que queran de lo poquito que tenemos. Pero, por vida de Dios, ya no maltraten a esa criatura, tengan consideración que es una niña. Es un favor muy grande que les pedimos y muncho les vamos a agradecer.
-¡Ta güeno! –Respondió el líder de los agraristas -vamos viendo qué nos pueden dar-. Y luego luego, se dedicaron a revisar casa por casa, rincón por rincón.
Pronto tenían un mayor botín de gallinas y cochinos. Y uno hasta una negra piedra de molino cargó en una mula.
El mismo que dirigía a los agraristas, le espetó a los rancheros: “Pos no encontramos nada que valiera la pena, como pa' soltar la muchacha, así que con su venia, nos vamos. Y si saben lo que les conviene, mejor no digan nada, porque nosotros semos la autoridá”.
Ahora, los de la defensa rural, siguieron su camino a Jerez, pero “a paso de cochino”, porque venían arreando varios animales que se alcanzaron a “carrancear” en La Lechuguilla… y acompañados con los sollozos y gritos de la niña que seguía pidiéndole a su abuelito que no dejara que se la llevaran.

A pocos pasos del camino real que venía de Tepetongo a Jerez, el cabecilla de los agraristas, quizá ya harto de los gritos de la niña que llevaban sacó la pistola y revirando el caballo disparó varias veces mientras le gritaba que ya se callara, que no había ningún agüelito que la salvara. Nadie supo si disparó nomás para asustarla, la cosa es que una bala pegó sobre el cuerpo de la indefensa víctima.
-¡Ya me dejates sin novia!-. Dijo el que la llevaba amarrada. –Ansina ya no me sirve de nada!. Soltando a la vez la cuerda y dejando caer el cuerpo inanimado de la niña. Tal vez se atemorizaron por lo que habían hecho, que, dejaron parte del botín ahí. -¡Vámonos prontito pa' Jerez!. –Ordenó uno. Y así, el que llevaba la piedra de molino en la mula, la desató y la tiró sobre el cuerpo inanimado de la niña.
Por supuesto que a sus jefes en Jerez, solo les dijeron que no habían encontrado ni rastros de los cristeros. Nada dijeron de los animales robados. Nada de la niña martirizada y muerta. Nada de su proceder arbitrario y cruel.
El anciano, que con sus cansados pasos había caminado tras de la tropa de agraristas, logró llegar por la tarde hasta donde estaba el cuerpo de su nieta, con gruesas lágrimas que surcaban su arrugado rostro manifestaba su dolor.  Estuvo cubriendo los despojos con piedras. Varias gentes de La Lechuguilla le ayudaron en tan dura faena. En la parte de arriba dejaron la piedra de molino que sirvió de base para asentar una tosca cruz hecha con unas ramas de mezquite.
La leyenda cuenta, que quienes pasaban por ahí, rezaban un ave maría por el alma de la niña y colocaban una piedra sobre la tumba. Pronto se dijo que la Virgen del Molino (por la piedra que seguía ahí) era muy milagrosa. Los pastores le rezaban cuando se les perdían sus animales. Las mujeres cuando estaban enfermas. Casi siempre había personas hincadas ante sus restos orando en solicitud de alguna gracia. Y no le causó ninguna gracia al Cura de Jerez, un hombre gordo, feo y de voz de trueno, el señor Cura Amado Macías, quien prohibió terminantemente se rezara ante la ya muy conocida “Virgen del molino”.
Con el tiempo, se reconstruyó ese camino, y la reconstrucción acabó con la tumba, que ya muy pocas personas recuerdan donde estaba.


viernes, 16 de junio de 2017

LA CIUDAD HAMBRIENTA

Las hordas villistas que se enseñorearon de Jerez durante la revolución solo causaron que se acabara el pequeño comercio e industria familiar que aquí había, que emigraran los que pudieron, que murieran los que no pudieron huir. Los villistas que se alternaban en el poder solo querían sentirse poderosos y hacerse de ranchos, casas y de dinero. No les importaba el bienestar de los jerezanos, así que las epidemias se sucedían unas a otras.

En elegantes fincas los soldados hacían sus cuarteles; costales y costales de maíz eran tirados en las banquetas para que comieran los caballos, pero era más el que pisoteaban y desperdiciaban. En una ocasión, el cabecilla Dionisio García ordenó a sus hombres que les dieran maíz a los caballos en frente del mesón de San Luis, donde tenía su cuartel general. Y pa' pronto sacaron varios costales de ixtle llenos de maíz y los tiraron en la calle. Un anciano se le acercó al jefe villista. –“Señor don Nicho, perdóneme mis palabras, pero no desperdicie el alimento. El año viene malo, no ha llovido. Ora verá que se nos va a venir un hambre, que Dios nos tenga de su santa mano”.
El cabecilla se burló del viejito y dándole un fuetazo lo tiró al suelo ordenando a sus hombres que le dieran de tragar maíz al viejito. –“Señor, ha de disculpar su mercé, pero no puedo hacer lo que usté ordena, ya no tengo dientes. Por vida de su santa madre no me haga esta humillación”. Riéndose, los villistas hicieron que tragara el grano sin importarles las lágrimas de impotencia del anciano, el cual fue asesinado luego a balazos y su cuerpo quedó ahí, coloreando de rojo el maíz que en grandes cantidades tiraron por la calle de San Luis.
Y como predijera el anciano, en 1916 el fantasma del hambre se unió a los demás fantasmas creados en los años de lucha y comenzó a hacer de las suyas. Además los soldados de cualquier bando acababan con cuanto animal encontraban en su camino, sin imaginar que ellos serían también los afectados. No se conseguía nada, aparte de que los billetes valían un día y al siguiente no. Las monedas de plata eran las más estables. Una medida de maíz (5 litros) valía en plata un peso y en papel de 20 para arriba. Los revolucionarios jerezanos no se quedaron atrás y don Justo Ávila emitió su moneda: unos cartones con valor de cincuenta y veinte centavos, a los que el vulgo dio en llamar “las palomas del tío Justo”.
En los primeros meses el maíz y el fríjol comenzaron a escasear, las antaño señoriales mansiones se encontraban convertidas en cuarteles, sus lujosas salas y salones servían para apacentar la caballada. Los ricos comerciantes habían emigrado, otros con menos suerte, eran muertos ante la ambición de algún jefe pseudo revolucionario (como Nicho García o Daniel Vanegas quien festejó su cumpleaños con una gran matanza). Los ranchos estaban deshabitados, pues sus moradores se vinieron a Jerez con la esperanza de encontrar más medios de sustento y algo de protección. La agricultura no existía, porque quien quisiera sembrar tendría que contar con protección militar, cosa imposible. El gobierno estatal no pudo enviar apoyos a Jerez, sufriendo un saqueo desde el viernes de dolores (14 de abril) por parte de Sabino Salas, Dionisio García, Justo Ávila y su gente. En ese lapso de 22 días, lujosos muebles fueron convertidos en leña, antiguos libros y documentos quemados. En los últimos días de ese mes comenzaron a caer las primeras víctimas de la hambruna.
Restablecido el gobierno, se trataron de poner en práctica medidas de salubridad sin éxito. Los primeros días, en el Registro Civil tomaban nota de tres a cuatro decesos, mismos que fueron aumentando hasta treinta y cinco diarios en el mes de octubre. Nadie estaba a salvo (el mismo personal de la Jefatura fue suplido varias veces, pues también sufrían los efectos de hambre).
Sentados bajo los portales y en los jardines, muchos indigentes esperaban alguna ayuda que nunca les llegó. Ahí acuclillados morían. Por doquier eran encontrados cadáveres en caminos, mesones, plazas, calles, etc., diariamente en dos carretones se recogían los cuerpos que se encontraban en la vía pública y en grandes fosas del panteón de Dolores y de la Soledad eran echados, cubriéndolos solo con una delgada capa de cal.
Niños de tierna edad se pasaban el día recogiendo cáscaras para darles la segunda pasada. Las cáscaras de tuna eran roídas hasta quitarle todo lo comible. Dicen que en ese entonces se inventaron las máquinas de tortear, porque donde se oía el palmoteo se juntaba la gente a pedir un taquito. No faltó quien hubiera que denunciara donde tenían maíz y entonces por la fuerza lo sacaban y seguía el saqueo. También hubo familias que repartían lo poco que tenían para aliviar en algo la necesidad de los jerezanos, tal es el caso de las hermanas Mier, Conchita y Virginita, en cuya casa (en la calle del Espejo) se repartía comida todos los días. Grandes filas de pedigüeños se formaban en las afueras de su casa, hasta que salía Dimas (así se llamaba el cocinero) y les daba su ración.

Según anotaciones existentes en los archivos del Registro Civil, el noventa por ciento de quienes murieron ese año fueron víctimas de “diarrea”, fiebre intestinal, dolor de costado o hidropesía (no había quien extendiera certificados de defunción indicando las causas reales de las muertes). Pero las actas que más tristeza da ver, son las que especifica que la causa de la muerte era “por hambre”.
Nopales, mezquites y magueyes contribuyeron a alimentar a los pocos jerezanos que habían resistido durante mas de tres meses los estragos de la falta de comestibles, de la insalubridad, de la pobreza y de la inseguridad. Los cueros de cananas, huaraches y zapatos eran convertidos en “apetitosas” sopas que al menos servían para “traer algo calientito en la panza”. De la hacienda de Malpaso enviaban mezcal (cabezas de maguey tatemado), que también servían como alimento.
La ciudad estaba lánguida, muchas de sus fincas completamente derruídas (como la Jefatura Política), algunos de sus edificios dañados por las balas, los emplomados barandales deshechos por el efecto de los cañonazos. Pequeñas casas también se reducían a escombros ante el abandono de sus habitantes muertos quizá. Muchos ranchos desaparecieron, así como quienes los moraban.
Aproximadamente en la región de Jerez, más de nueve mil personas murieron en 1916, victimas del hambre, la peste o cayeron abatidos a balazos. López Velarde entonces escribió:
 
“…Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.
Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.

Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha….”


               Ramón López Velarde


viernes, 2 de junio de 2017

LA SOLDADERA DE LO DE LUNA

Luego de que Jerez sufriera grandemente por los desmanes de la revolución, todavía en 1919  la región estaba infestada de gavillas de bandidos que por donde quiera hacían de las suyas. Uno de sus puntos favoritos era la mesa cercana a la ranchería de Lo de Luna, por donde pasaba el camino real a Zacatecas. El Noveno Regimiento que protegía a la población jerezana, tenía en esa ranchería un destacamento al mando del subteniente Sierra. Esta fuerza militar hacía rondas constantes por todo el rumbo, pero eso no amilanaba a los bandoleros, que se las ingeniaban para robar y asesinar a los viandantes y era tanta su temeridad que se enfrentaban al ejército.
El 24 de diciembre de ese año (1919), fue una jornada muy fatídica para el destacamento del subteniente Sierra, pues tuvieron que enfrentarse a una numerosa gavilla de bandoleros en la mesa contigua a Lo de Luna. En la lucha fallecieron el sargento J. Jesús Cruz, el cabo Froilán Galindo, así como los soldados Antonio Regis Ledesma, Pedro Ramírez, Quirino Salazar, y Andrés, Epigmenio y Joaquín de los que se ignora su apellido. Además de otros que heridos tuvieron que ser trasladados a Jerez. Los militares fallecidos fueron sepultados en el panteón de Lo de Luna, en una fosa grande. El agente municipal, que era Daniel Ortiz se aprestaba para venir a Jerez a dar parte de lo ocurrido, pero el subteniente Sierra que venía con los pocos soldados que le quedaron resguardando a los heridos le dijo que no era necesario, que él lo haría. Tal vez se le olvidó pues hasta un año después las autoridades jerezanas conocieron de ese hecho.
Muchos de los soldados, que eran gente del pueblo, arrancada de su lugar de origen por la leva, traían tras de sí a sus mujeres e hijos, como Antonio Regis, que era acompañado por su fiel soldadera, la misma que cuando murió lloró lágrimas amargas por el amor que le tenía, por el incierto destino que le esperaba a ella y a un niño de brazos. Sola, en un lugar desconocido, casi desértico, sin nadie que se compadeciera de ella. Tocó puertas, en todo el rancho y solo una viejecita se acomidió a darle cobijo y abrigo. La soldadera trató de agradecer y le ayudaba en sus labores a la viejecita, que compartía sus parcas posesiones con ella.

La viuda de Regis, a pesar de todo, quería volver a su lugar de origen, con su gente, -dicen que era de tierras michoacanas-, y se acomedía a realizar cualquier trabajo que poco a poco le asignaban los vecinos de Lo de Luna. Ahorraba todo lo que podía con la esperanza de ir a Jerez a buscar información sobre la manera de volver a su tierra.
El domingo de Ramos de 1921, le encargó mucho su pequeño hijo a la viejecita que la había acogido, mientras ella iba a Jerez. Desde muy temprano, caminando, descalza, con alegría pensaba que pronto volvería con los suyos.
A su protectora le había prometido que le compraría en Jerez telas, hilos y si se podía hasta una escoba decente para barrer bien los pisos de tierra, pues solo usaban de esas de popotillo que las obligaba a barrer encorvadas.
Pero… no se supo por muchos días de la mujer. La viejecita creía que a lo mejor se había ido para su tierra dejándole el niño, y como ella no lo podía mantener, lo envió con el agente Daniel Ortiz a Jerez, para que preguntara qué había pasado con la madre y de paso le buscara un hogar al infante.
Ortiz, en Jerez, anduvo preguntando pero nadie le daba razón. Hasta que platicando con Pascual Félix, que era Juez de Letras, este recordó un hecho acontecido días antes…
El domingo de Feria, el 27 de marzo, Eulogio Espinoza se había presentado ante el presidente de Jerez que era el comerciante J. Merced Juárez (tenía sus abarrotes donde ahora es el Carta Blanca), para reportarle que en el camino que va a Zacatecas, tirada bajo un mezquite, había una mujer que tenía ya varios días muerta.
 Don Merced mandó hacer lo que se hace en esos casos, recoger el cadáver y llevarlo al descanso del panteón, lugar donde el práctico Jesús Juárez le hizo el reconocimiento. Concluyeron que la mujer se había protegido de la tormenta que hubo el miércoles 23, pero que un rayo la había fulminado.
Nadie supo su nombre, no hubo quien la conociera. Ella era de cuerpo regular, color trigueño, pelo y cejas negras; frente, nariz y boca regular. Vestía saco blanco, enaguas negras con pinturas blancas, descalza… Y, traía una escoba y un quimilito con varios objetos. Como nadie la reclamó, fue inhumada en una fosa común en el panteón de la Soledad.

Daniel Ortiz dejó el niño a cargo de don Merced Juárez, quien lo llevó a una de las casonas de la calle del espejo, donde luego era conocido como “Toñito el de Regis”. Después, no se sabe qué pasó con él…

viernes, 26 de mayo de 2017

UNA LEYENDA DE LA HUERTA DE LA VIRGEN

Desde que se fundó la villa de Xerez, se les asignó a los naturales sojuzgados un barrio al poniente de la traza, el que fue conocido como “Barrio de San Miguel”: el 6 de enero de 1643 el Rey de España les otorga oficialmente “un solar de cuatro cuadras y una suerte de huerta con merced de agua”. Atrás del templo, que luego sería el Santuario se encontraba una extensa huerta, que por mucho tiempo fue conocida como “Huerta de la Virgen”.
Fue el jefe político Jesús Escobedo Silva, quien en 1853 derrumbó las bardas de la huerta, para construir un callejón y una plazuela en parte de la Huerta de la Virgen, la que se fue desmembrando poco a poco.
Y así encontramos que luego perteneció a doña Ventura Sánchez de Sáenz, la que precisó en su testamento que la huerta se dividiera en tres fracciones iguales para sus hijos Antonio, José y Mateo Sáenz. Pero estos no se interesaron por ella, así que las señoritas Concepción y Virginia Mier compraron la “huerta de árboles frutales con merced de agua, conocida con el nombre de la Virgen, que linda al oriente con calle de la Acordada de por medio y fincas del municipio, donde se hallan la Seguridad Pública, Teatro y Jardín Brilanti (actualmente la Escuela Tipo, la casa del catecismo que era la cochera del Teatro Hinojosa y el Jardín Hidalgo); al poniente con la calle de Rosales de por medio y propiedades de doña Josefa Brilanti y Francisca Caraza; al norte con propiedad de Timoteo Miranda; y por el sur, calle de por medio y sucesión de don Ramón Alcalde y propiedades de la señora Pasillas y casas de las señoritas María de la Concepción y María de la Luz Sáinz, hijas de los vendedores”.
Muy poco les duraría el gusto a Conchita y Virginita Mier el poseer la huerta, pues se vinieron los años de revolución, y fue precisamente a partir del 19 de abril de 1913, en que las fuerzas revolucionarias tomaron a Jerez, en que la huerta de la Virgen quedó abandonada, y sus añosos árboles daban macabros frutos, ya que muchas veces pendieron de ellos los cuerpos de desgraciados que eran ahorcados por los que alternadamente ostentaban el poder.
La huerta se fue reduciendo más, pues se hicieron fincas frente al jardín Brilanti y por la calle de las Flores, lo mismo ocurrió con la calle del Alamo y parte de la Acordada.
Lo poco que quedó de la huerta era conservado gracias a la atención que se le daba por horticultores y a la merced de agua que religiosamente llegaba por la acequia que bajaba por la acera nororiente de la calle de la Acordada y que venía por la calle Esmeralda.
En el interior de la huerta se encontraban unos arcos, como remembranza de tiempos mejores, mismos que cuando parte de ella fue adquirida por el Club de Leones de Jerez, se movieron piedra por piedra y son los que están en su fachada principal.

Historias que más bien parecen leyendas se cuentan sobre este lugar, como la que en seguida narro:
Para la atención de esta huerta, allá por 1930, los propietarios –dicen que era don Carlitos Acevedo y familiares- tuvieron que conseguir el auxilio de un hortelano de Jomulquillo, porque los jardineros jerezanos estaban muy ocupados con las demás huertas, y además, en la de la Virgen, nadie quería trabajar, pues se decía que espantaban, merced a los numerosos y atroces crímenes que dentro de ella se cometieron durante los aciagos años de la revolución. Este hortelano, Donaciano de Paula Torres, trajo consigo a su familia, a quienes instaló primeramente en el mesón “de los de Jomulquillo” y que estaba ahí, entre la huerta y la tienda de don Enrique Berumen de la Torre (parte de esta tienda fue derrumbada cuando se abrió la calle y el resto es donde tenía Darío Rivas su restaurant).
Don Chano, hizo amistad con don Enrique, pues era el que lo proveía y le fiaba lo necesario para el sustento de su familia. Y fue él quien dio cuenta de lo siguiente:
“Chano llegó con su esposa y dos niñas, una de ellas ya mayorcita, la otra, como de cinco años, muy blancas ellas, de pelo agüerado.
“Al principio la familia se quedaba en el mesón, porque tenían miedo en la huerta, pero poco a poco se fueron acostumbrando y se cambiaron a la huerta, donde hicieron casa.
“Fue en el tiempo de chabacanos, que Chano me invitó a que fuera a la huerta para que los probara, cuando yo le platicaba que en unos frondosos árboles que se encontraban alrededor del pozo los federales ahorcaron a unos que no eran ni revolucionarios ni nada, solo tenían mala traza, noté que las piedras del brocal del pozo estaban sueltas, y le dije: Chano, esas piedras acomódalas, porque alguien se puede caer.
“Y Chano me decía que ya estaba tan acostumbrado a la huerta y a sus ruidos, que hasta de noche podía andar sin tropezarse con nada. Yo le dije: Pos tú sí, pero otros no.
“A los poquitos días vino Chano muy triste a que le hiciera su cuenta, porque ya se iba. Yo le regalé un pedazo de tela, diciéndole que para que le hicieran vestidos a sus niñas.
“Pues se fue Chano, así muy de repente, y luego que comienzan los decires: que en una tarde las niñas jugaban en la huerta, y la más pequeña corría dando vueltas al pozo, pero en una de esas, resbaló y quiso agarrarse del brocal del pozo, pero las piedras estaban sueltas y la niña se cayó en él.
“Que Chano ante los gritos de su otra hija corrió y junto con su mujer bajaron al pozo (tiene escalones de piedra), pero ya no lograron rescatar con vida el cuerpo de su hijita.
“La mujer y la hermana lloraban y lloraban, pero ellos solitos, la familia, veló el cuerpo de la niña, y al otro día, muy tempranito la enterraron ahí mismo, del lado norte de la huerta. Hicieron una fosa y la llenaron de flores, y en ella depositaron el cuerpo de la niña que se ahogó en el pozo. En su ignorancia y sencillez no quisieron líos con la ley, por eso ahí la enterraron y luego se fueron. ¿Para donde? Nadie lo sabe.

“Lo que me han contado, es que por las tardes se aparece una niñita y nadie sabe quién es o de donde sale, y se pone a jugar, yo creo que es la hija de Chano, que sigue ahí, jugando en la Huerta de la Virgen”.


viernes, 21 de abril de 2017

EL COFRE DEL MUDO

Crónicas de hace muchos ayeres refieren que hubo un tiempo en que las minas de Zacatecas eran tan grandes productoras de metal, junto con las de Guanajuato, que la plata que producían había dado ya la vuelta al mundo entero.
Pues bien, cuentan que por esos tiempos era costumbre dedicar a algún santo, ya un tiro, bien un campo de labor o toda una mina.
En una mina, (las fuentes no precisan cual) fue encontrada una nueva y rica veta, la cual encomendaron a Nuestra Señora del Patrocinio. Para esto, se reunieron los hombres de más rango y representación y recorrieron las poblaciones aledañas, buscando la contribución de los pudientes con una mínima parte de su riqueza, formando así un formidable tesoro, el que se ofrecería a la Patrona en el día de la dedicación.
En  la villa de Xerez, reunieron un espléndido lote de joyas el que fue depositado en un cofre de madera. Igualmente buena cantidad de oro y plata se juntó en dos costaleras de baqueta. Debidamente custodiado se depositó en la casa del sacerdote encargado de la Parroquia, donde se guardaría hasta el día programado para llevarse a Zacatecas y entregarse a la dedicación.
Pero, el diablo que está en todo, hizo que un célebre bandido que merodeaba por Tlaltenango, Colotlán y Bolaños recibiera santo y seña del lugar donde se ocultaba tan atractivo botín y ni tardo ni perezoso, asaltó el hogar del sacerdote, donde con lujo de violencia, se apoderó de las joyas, cuyo cofre ya había bendecido el ministro.
La noticia del sacrílego robo se extendió luego como un reguero de pólvora y hasta hubo un grupo de valientes que se dieron a la persecución de los bandidos, con resultados negativos, pues los asaltantes conocían a la perfección los vericuetos de las serranías cercanas.
Mal signo fue tal robo, y platicaban que la bonanza de la mina terminó pronto. E incluso varios accidentes en poco tiempo tuvieron lugar en los tiros. Los mineros con temor entraban a laborar luego de orar fervientemente a la Virgen del Patrocinio, y le echaban la culpa a los jerezanos cuando sucedía alguna desgracia.
Se decía que todo ello pasaba porque no se había cumplido con la dedicación de la nueva y supuestamente rica veta. Las autoridades de Zacatecas y los ricos propietarios de minas ofrecieron fabulosas recompensas a quien recuperara las joyas perdidas. De los bandidos, nada se sabía. Arrieros y viandantes no sabían dar razón de que se les mencionara en atracos recientes. “Parece que se los tragó la tierra”, decían.

Pasó el tiempo, el suceso casi se había olvidado, la mina incluso fue abandonada porque eran muchos los accidentes que en ella ocurrían. “Esos méndigos semilleros tienen la culpa, -decían los barreteros tuzos-, si la Virgen hubiera recibido su dote, nada malo pasaría”. Y platican que desde entonces comenzó su enemistad que duraría por siglos entre jerezanos y zacatecanos.
Un día, a la choza de un peón que vivía no solo con pobreza, sino en la más completa miseria, se presentó un hombre que revelaba ser de grandes posibilidades económicas, quien le preguntó si quería trabajar.
“-Claro que sí, señor. Dios sabe cuánto lo necesito”.
“Bueno, sígueme” le dijo. Y juntos llegaron hasta un tendajón que había en el callejón angosto, cerca del panteón. Ahí compraron una reata y luego siguieron una vereda que conduce al cerro de la Campana.
Treparon por la ladera hasta un lugar cercano a la cumbre; al llegar a un punto determinado, donde había una gran peña, el hombre desconocido, que en todo este tiempo había guardado silencio, en breves palabras dio a entender al campesino que entre los dos tenían que mover aquel peñasco, tirando de los extremos de la reata, que hicieron pasar por detrás de la roca.
Varias veces hubo que intentarlo hasta que al fin la piedra empezó a ceder, dejando al descubierto un pozo profundo y negro. El pobre peón sintió miedo cuando se le pidió que bajara, pero la idea de ganarse unos centavos le dio nuevas fuerzas. Usando un extremo de la soga, bajó por la boca del gran agujero, mientras el otro lo ató al tronco de un árbol vecino.
“Encontrarás allá abajo -le dijo el misterioso personaje-, un cadáver, que a lo mejor ya es esqueleto, varias talegas de dinero de las cuales puedes tomar lo que quepa en tu sarape como pago a tus servicios, pero lo que más me importa es que saques un cofre”.
El humilde mozo, temblando de miedo, descendió hasta el fondo. En efecto allí estaba el esqueleto, entre unos jirones de tela que debió ser su vestido. Las talegas estaban allí.
El miedo era mayúsculo, pero el hambre era más fea todavía, así que cumplió la orden recibida, incluyendo desde luego lo de llenar el sarape.
Después de un rato salió a la superficie, convulso, aterrado y sin poder abrir la boca para pronunciar palabra.
“Por fin pudo descansar tranquilo -dijo el hombre aquel con aspecto de gran señor-, lleva este cofre al altar de la Imagen Limpia de la Concepción de Jerez y entrégaselo al sacerdote que esté en turno. Pídele que ore por el descanso de un sacrílego ladrón”. Y exhalando un último gemido desapareció.
El infeliz testigo de ello, no pudo proferir palabra alguna ante tal acontecimiento. Sus ojos a punto de desorbitarse no concebían que fuera testigo de un hecho de ultratumba. Luego, un desmayo vino en su auxilio.
No supo cuantas horas estuvo inconsciente, pero cuando el frío de la noche lo hizo reaccionar, poco a poco fue asimilando lo que le había ocurrido. Quiso cobijarse con su sarape y al palparlo, recordó que estaba lleno de monedas. Entonces tomó el cofre bajo el brazo y sobre su espalda acomodó el sarape con el oro y plata que del pozo había sacado. Con precauciones dio los rodeos necesarios para que no lo vieran los vecinos del Puesto del Molino y Lo de Chávez.
Refiere la leyenda que al llegar a su jacal, enjaezó una escuálida mula que tenía como única propiedad y regresándose al cerro, ahí ya sin temor, sacó del pozo cuanto metal precioso pudo, cargando su orejudo animal. Luego, tapó con gran minuciosidad la oquedad que servía de entrada a ese escondite. Después, dicen que tomó el rumbo de Fresnillo. Tal vez la avaricia le hiciera olvidar la petición de entregar el cofre a la Parroquia de Jerez.
A pesar de que la mula era severamente castigada, no podía ir de prisa, y el campesino pretendía llegar a un lugar poblado antes de que llegara  la noche, pues su carga de temores era bastante.
En  un lugar conocido como “el cerro grande” al ver que el astro rey se ocultaba, procedió a juntar mucha leña para mantener una buena fogata que le ayudara a disipar su miedo nocturno, pues se encontraba solo, en ese paraje semi-desértico, y maldiciendo a su bestia porque no había logrado llegar a alguna ranchería. Al cobijo de la lumbrada, se sentía un poco más seguro, pero cualquier aullido de coyote o chiflido de la lechuza, lo inquietaban y hacía que se pusiera en guardia con su machete presto.
“Buenas noches, amigo”, -no supo por donde llegó el personaje que viera desaparecer cuando le entregó el cofre-, “veo que llevas mucha prisa por llevar ese carbón, pero no se te olvide entregar el  cofre donde ya te dije”. “Los designios divinos están mucho más allá de la ambición terrenal. Regresa, porque en ello va mi alma y la tuya. Regresa, entrega ese cofre y tu castigo será el vivir muchos años de remordimiento, solo y sin poder hablar”.
Así como apareció desapareció, sin que el asustado peón pudiera expresar nada. Corrió a revisar el tesoro, y solo encontró carbón y más carbón. Quiso gritar de terror o quizá de desilusión pero no pudo.
Su mula por el esfuerzo, estaba muerta, por lo que cargando solo el cofre, desanduvo el camino regresando a Jerez.
Refieren que un día muy de madrugada llegó un humilde campesino a la Parroquia de la Villa entregando un cofrecillo de madera con joyas al sacerdote encargado. Por señas se hizo entender, y cuentan que duró muchos años al servicio del templo como sacristán, y que su fidelidad como su mudez no se podían poner en duda. Pero que cuidaba fervorosamente las joyas que a la imagen de la Limpia Concepción le fueron puestas.

Platican además, que un afortunado viajero encontró dos costaleras de baqueta con monedas de oro y plata en el camino de Fresnillo, al pie del cerro grande, cercano a la Ermita de los Murillo. Cargó con lo que pudo, ocultándolo lo demás, y dicen que lo que ocultó hasta la fecha no ha sido encontrado.



viernes, 10 de marzo de 2017

LA PLAZUELA DEL MERCADO

-“La mera verdad, no me acuerdo de bien a bien, pero todo comenzó allá por principios de los ochenta del siglo XIX. Nosotros teníamos un tendajón de venta de carne en la mera plaza de Jerez, ahí enfrentito de la Jefatura Política. Ya teníamos tiempo en que don Pedro Cabrera nos decía que iba a hacer ahí un jardín, y le apostábamos que no hacía nada, que éramos muchos los que desde muchísimos años teníamos ahí nuestros negocios, que no nos podía quitar. Y él decía que no había problema, que iba a construir un mercado de carnes muy moderno, para que ya no le llenáramos de moscas la jefatura política.
-“Pos oiga usté, nomás nos reíamos de este buen señor, pero comenzamos a tomar en serio sus palabras, porque a pesar de que era muy buena gente, también era muy enérgico. Le decíamos que si nos cambiaba de la plaza, a donde nos mandara nos iría mal, porque la gente no estaba acostumbrada a comprar en otro lado. Y él contestaba diciendo que sí, que viéramos el ejemplo de Rafael Páez, y es que tenía una tienda de abarrotes muy bien surtida y con mucha fama, en la puritita esquina del Panteón de Dolores. Cuando puso su tienda se burlaban todos y le decían que a poco los muertos saldrían a comprar. Y mire, se aclientó con los del barrio de allá.
-“Fue más o menos por febrero del 84 cuando se llevaron a los presos de la cárcel a hacer “faenas” allá por el callejón de la Culebrilla, donde estaba un llano con muchos álamos circundándolo. Nos avisó que ahí iba a hacer los tabaretes para la vendimia, que nos fuéramos preparando para el cambio. ¡Ah! Y todavía advirtió que nos decía con tiempo para que no nos cayera luego de sorpresa. De pilón nos prometió que nos reduciría el impuesto a los que nos cambiáramos hasta en un setenta y cinco por ciento, para que no fuera mucho lo que perdiéramos mientras nos aclientábamos.
-“Para los meses de calor ya estaba el mercado, pero nomás no había quien nos moviera, y como el jefe político era ya don Pancho Amozurrutia, nos hacíamos de la vista gorda, pero un día que llegan los de la acordada y que nos mueven con todo y chivas. De nada valieron nuestros enojos, ruegos y dinero. Cuando fuimos a reclamar con el jefe, éste muy enojado dijo que con tiempo nos habían avisado y no hicimos caso, y  ahora el que quisiera ocupar un local de la plazuela que estaba por la Reforma, lo podía hacer, y todavía dijo que nos cobraría impuesto muy bajo, pero que sí no, nos multaría. Así, los que pagábamos cincuenta centavos nos rebajó hasta diez y ocho. Los que pagaban dos pesos, les prometió cobrar unos veinticinco centavos.
-“Mire, unos vendimieros lo convencieron de que no los cambiara tan lejos, que les diera oportunidad de estar en la Plaza Tacuba, nomás mientras veían como iba la cosa. Pero a los carniceros dijo que no, que nosotros debíamos estar en un lugar aparte, allá en la plazuela donde hizo los locales. Nos aventó un discurso de esos que se sabían muy bien, que la modernidad, que el Jerez del siglo XX, que había que hacer un jardín como los mejores de Europa. Y que comienzan los escarbaderos. Todo mundo se reía del jardín “uropeo”, pero la cosa iba muy en serio.

-“Ya para el 87 estábamos todos en la plazuela “del Mercado”, muchos se quedaron en la plaza Tacuba, pero allá por la Reforma además de los carniceros, llegaban los rancheros a vender sus animalitos, y las hortalizas que producían. Pos ahí empezó otro problema, cuando la vendedera era en la plaza, frente a la jefatura, estos señores dejaban sus animales y sus cosas en los mesones de las Mariposas, de Santa Rosa, de Mariquita, el de San Antonio, el del Silencio y el de San Luis, que les quedaban bien cerquita. Pero acá, se les hacía más fácil amarrar sus burros en los árboles de la plaza, y los días que duraban en Jerez, ahí vivían, de noche nomás tendían su petate y a roncar. Sus necesidades, pos ahí mismo las hacían, así que imagínese cómo estaría eso, un mosquerío de la fregada, y una peste que ni quien la aguantara. Entonces la carne no se refrigeraba, pos refrigerador de donde. Cuando había matanza, un muchacho se iba con una bocina de mano a gritar en todas las esquinas que había carne, y así los vecinos apartaban lo que iban a querer. Que una cabeza de res pa' los tamales, échele su tostón, la libra de carne la vendíamos a cinco centavos; la manteca la dábamos a diez centavos el kilo. Cuando no era tiempo de matanza vendíamos pollos, huevos y gallinas. Los huevos a centavo, los pollos a medio real y las gallinas a real. De todos modos, tanteábamos que no nos quedara carne, pero si nos quedaba, lo que hacíamos, era cubrir la canal de la res o del puerco en manteca y luego cubrirla con costales de yute, y taparlos con arena húmeda, para que estuviera fresca.  Pero con todo el mosquerío, se nos echaba a perder muy rápido, y ni chanza había de hacerla chicharrones o tasajo.
Por muchos años el mercado estuvo en la plaza
Tacuba y calle Juárez.
-“Fuimos con el presidente, que era Rafael Páez, un viejo muy fino, pero muy maldito y enérgico, y le dijimos del mosquerío y de lo que perdíamos a causa de los rancheros y sus burros. Pos' que manda llamar a los rancheros, éstos le dijeron que si dejaban sus burros en los mesones a lo mejor se los robaban, por eso los tenían ahí en la plaza del mercado, cerquitas pa' estarlos viendo y darles su alfalfa a sus horas.
-“No se de quien fue la idea, pero al norte de la plaza, hicieron 12 casas y una tienda para rentarlas a los rancheros que venían de otros lugares y se pasaban temporadas en Jerez. Diez de estas casas tenían vista para la plaza del mercado. Me acuerdo muy bien de las casitas, todas eran igualitas, ora verá, tenían zaguán, sala con su ventanita, su recámara, la cocinita, un patio con pozo y un buen pedazo de corral pa' guardar los animales. En aquellos tiempos se encargaba de las casas un apoderado de don Antonio Román Sánchez Castellanos, uno de los más ricos de Jerez.
-“De ese señor se cuentan cosas, que si viera... era medio hermano de don Antonio Sánchez Castellanos, el que hizo el hospital con su capilla allá por el barrio nuevo. Cuando se murieron don Antonio y doña María Guadalupe Bonilla, le heredaron todo a este Antonio Román, que ni se la creía. Tenían muchas casas y huertas por todo Jerez. Vivía este señor en la calle de la Aurora, en la casa esa grandota de cantera. Se casó con doña Maura Suárez del Real, pero a la pobre mujer le iba como en feria: cada que don Antonio andaba de malas, le daba sus sableadas. Ella luego le mandaba hablar con la nana a Jacinta Gurrola, del ranchito del Ojo de Agua para que viniera a Jerez a curarle la espalda. Doña Maura se quejaba con Jacinta y le decía: “de que me sirve tener bacinica de oro, si orino sangre”.  Don Antonio se murió en 1902 en la hacienda de El Cuidado, que era de su propiedad y todas sus propiedades pasaron a manos de sus hijos.
-“Pos ya con las casitas, la cosa fue diferente, ya esa plaza poco a poco fue agarrando vida, y en las tres esquinas de la plaza pusieron tiendas. Tres en la calle Culebrilla y Reforma y otra en la esquina de la calle del Hospicio, además que al mercado le siguieron metiendo muchos billetes. Pero todo eso se lo llevó la fregada cuando tomaron Jerez. Pa' luego luego quemaron todas las modernidades que había por aquí. El Mercado, el Hospital que estaba yendo pa' la alameda. Dejaron purititas ruinas. Luego, el campito del mercado quedó como un llano por mucho tiempo, bien abandonado. Ahí, en medio de la arboleda y de las acequias jugaban los deportistas, cuando no los metían a bote por andar jugando pelota como niños, hasta que se hizo la escuela y el barrio está como lo conocemos…”.
NOTA. El espacio donde está la Plazuela, era propiedad de don José María Caraza en 1874. En 1877 aparece como “un terreno nombrado del Hospicio, que es del fondo Público”.
En 1880, se hablaba de “la plazuela que se está formando en el punto llamado del Hospicio” en el barrio de Guanajuato.

Para 1882, ya era el “Barrio del Hospicio” y en 1887 se nombraba ya como “Plazuela de la Reforma”, al igual que la calle que la bordeaba por el lado norte y que anteriormente era conocida como “calle de la Constitución”.
"Hicieron 12 casitas para rentárselas a los rancheros..." en las dos que se ven, he vivido yo...

viernes, 17 de febrero de 2017

EL ORO DE LOS FRANCESES

Ya hace tiempo había escrito sobre la llegada de los franceses al mando del capitán Crainvilles a Jerez el 26 de marzo de 1864, hubo poca resistencia por parte de los campesinos y habitantes de la región, así como de las tropas leales a González Ortega que más bien actuaban como guerrilleros; la llegada de los galos fue motivo de fiesta para los ricos comerciantes, poseedores de haciendas y acaudalados negociantes. En menos de dos meses, Hilario Llamas (constructor y dueño de la finca conocida como “De las Palomas”) firmaba a nombre de Jerez el acta de adhesión al Imperio de Maximiliano. Claro, a él ya lo habían nombrado antes Prefecto, con lo que esperaba resolver muchos agravios que tenía con quienes habían sido autoridades antes.
Los franceses eran generalmente oficiales y el grueso de la tropa lo conformaban feroces zuavos que no se tentaban el alma para despachar al otro mundo a cuanto cristiano les pusieran enfrente. Eran estos zuavos soldados mercenarios de Argelia. Acostumbrados a todo, como los camellos. Y se caracterizaban por usar unos pantalones colorados muy voluminosos, chaqueta corta sin cuello, faja de lana muy ancha, polainas de lona blanca y un gorrito tipo fez con su borla. (Como si fuera un vaso al revés). Los zuavos hicieron muchas tropelías en la región y eran temidos, pues el tener la desgracia de enfrentarse a ellos era condena segura de muerte.
EL BOTIN DE MARION
La ciudad de Zacatecas estaba ocupada por las fuerzas del comandante Marion quien tomó muy a pecho la ley marcial dictada por Maximiliano, y a cuanto sospechoso de pertenecer a guerrillas liberales, mandaba pasar por las armas en menos de 24 horas. Pero Marion, tenía su corazoncito como todos los jefes franceses venidos a México. El no vino a despeinarse ni a ensuciarse las manos en una lucha interminable. El vino a hacer fortuna. Y en Zacatecas había mucho oro, plata, joyas.
Pues sucede que en los primeros días de noviembre de 1865, decidió sacar de la región el botín producto de los saqueos y rapiñas hechas en las principales casas de los zacatecanos. Lo enviaría a Guadalajara vía Jerez, aprovechando que el más latoso de los liberales, González Ortega, andaba muy ocupado luchando con sus tropas en el norte del estado, por lo que suponía no habría peligro para su traslado.
Una pequeña escolta de zuavos al mando de dos oficiales protegía una carreta que llevaba como única carga tres pesadas cajas de madera llenas de monedas y objetos de oro, plata y joyería. Muy temprano salieron de Zacatecas y parecía que todo el camino transcurriría en absoluta calma. Pero, cuando llegaron al plan de Lo de Luna, los estaba esperando escondidos una partida grande de chinacos. La superioridad numérica se impuso, y les quitó la bravura a zuavos, oficiales y hasta a los arrieros, los que escaparon ágilmente, unos a uña de caballo y otros a pata pelada.
Los chinacos quizá esperaban encontrar municiones y armas en las cajas, siendo grande su sorpresa y desconcierto al ver que le habían bajado algo mejor al enemigo. Decidieron llevarse la carreta, pero como les hacía lenta la marcha, en tierras del rancho El Cebollal, muy cercano a Jerez, hicieron un gran hoyo y ahí depositaron las cajas con su valioso contenido. Luego apisonaron la tierra muy bien y pusieron yerbas y nopales para disimular todo. Las mulas con la carreta fueron arreadas por el mismo camino real en dirección a Zacatecas, y luego dejadas en libertad para que buscaran la querencia.
LA VENGANZA

El Comandante Superior del ejército intervencionista en Zacatecas, no podía creer lo que había pasado, y aunque de inmediato mandó una considerable fuerza a ver si alcanzaban a los chinacos, no encontraron nada, a excepción de las extenuadas mulas que andaban por el rumbo de Malpaso medio desorientadas y ya desuncidas de la carreta.
Marion reforzó la seguridad en Jerez, pues suponía que ahí debían estar los guerrilleros que lo despojaron de su oro. En la mañana del domingo 17 de diciembre, algunos jinetes embozados para protegerse del frío entraron a la ciudad por la garita de Ciénega. A los guardias les pareció sospechosa la actitud de esos chinacos, y disimuladamente dieron la voz de alarma. Fue en la plaza donde los franceses lograron detener a tres de esos sujetos. Quizá para congraciarse con el jefe los enviaron de inmediato a Zacatecas como sospechosos del ataque y robo sufrido por la escolta de Marion con anterioridad.
En Zacatecas los interrogaron sin éxito, pero como el comandante quería escarmentar a todos los que parecieran guerrilleros, al verles sus caras de rancheros, de inmediato los sentenció. En las principales calles de la capital se voceó la sentencia y se pegaron afiches en los que se leía:

“MARION, Comandante superior de Zacatecas, á sus habitantes sabed: La Corte Marcial en su sesión de hoy 20 de Diciembre, ha sentenciado á Albino Borrego, Domingo Salinas y Rodrigo Chacal, el 1º vecino de Jerez, el 2º del Rancho de Adoves y el 3º del pueblo de Acaspulco, por el delito de robo en cuadrilla á mano armada, el 1º  a tres años de trabajos forzados, el 2º á la misma pena por un año, y el último á la pena de muerte. La ejecución tendrá lugar mañana á las ocho tras de la Ciudadela. Zacatecas, Diciembre 20 de 1865. El Comandante Superior, Marion”.
José Albino Borrego, era hijo de don Félix Borrego y María de la Luz Aguirre, de Los Haro, Jerez, nacido el 1º de abril de 1825. Rodrigo Chacal Covarrubias era de Acaspulco, Totatiche, Jal. Nacido en 1822, hijo de Juan Serafín Chacal y Anastacia Covarrubias. Estaba casado con María Gracia Marciala. Suponían los franceses que él capitaneaba la cuadrilla.
Al parecer, como ninguno de los tres confesó algo que tuviera qué ver con el despojo del oro de Marion, en la madrugada del jueves 21 fueron conducidos desde la cárcel (hoy Museo Pedro Coronel) hasta la parte posterior de la Ciudadela (actual escuela Enrique Estrada). Durante el trayecto, las campanas del templo de Santo Domingo y Catedral doblaron, haciendo más dramática la situación. Probablemente los tres fueron fusilados.
EL TESORO

         Dicen que el entierro está en el rancho del Cebollal, muy cerca del antiguo camino real, en una majada cercana a los límites del rancho de San Ignacio. Cuentan que los propietarios de la Hacienda de Ciénega, a la que pertenecía El Cebollal, sabían de su ubicación, pero no lo quisieron sacar, y cuando pretendieron hacerlo, ya no pudieron. ¿Estará todavía el tesoro del comandante Marion esperando por algún afortunado o ya alguien se lo llevó?



viernes, 27 de enero de 2017

DOÑA ATILANA Y SU FIEL SULTÁN

Doña Atilana era una mujer huraña, solitaria y siempre vestida de negro, de un negro intenso y total que hasta los cuervos le envidiaban. Vivía en una casita al final de la calle larga de la alameda, del lado donde corría la acequia. Para ingresar a su casa, por las mañanas ponía unos tablones a manera de puente, mismos que por la noche retiraba. Casi siempre se le veía acompañada de un perro amarillo, de esos de rancho, ladino, muy ladrador y muy bravo y que lucía orgulloso entre su pelaje las marcas y desgarres de haber participado y salido airoso en muchas perriles batallas. Dicen que el perro se llamaba “Sultán” y que doña “Tila” lo adoptó desde cachorro. El Sultán gustaba de dormir las diurnas siestas en los tablones que daban acceso a la casa, como si fuera el guardián del foso de un castillo, así que ni quien se arrimara.

Los vecinos contaban de doña Tila que se había casado muy joven, y junto con su marido habitaron la casita de la acequia de la alameda. Aunque estaba semiderruído el lugar, poco a poco lo fueron levantando. Doña Tila llenó el patiecito de macetas y todo el frente de la casa fue cubierto de macetas y flores. El matrimonio no pudo vivir su felicidad por mucho tiempo, pues al marido lo mataron. Que una bala perdida, dijo la autoridad, y ahí terminó el asunto, nadie investigó nada. Desde entonces ella vistió de negro llorando en silencio su desgracia y viudez. Se apartó de la gente, pero siguió viviendo en la casita que fuera el único recuerdo y legado de su hombre.
Poco después llegaría a su vida el famélico chucho que todo zarrapastroso le hizo mil monerías para que lo adoptara y le diera de comer. El “Sultán” pudo después manifestar su lealtad y gratitud: En una tarde lluviosa llegaron unos jinetes a la casita y sin bajarse de sus caballos, gritaron para que les abrieran la puerta. Cuando doña Tila abrió, a grito pelado le exigieron les entregara el encargo que ahí les había dejado su muerto marido. Ella aseguró no saber de qué se trataba. Ignoraba qué clase de encargo sería, pero no le creyeron, y con grandes risotadas desmontaron y entraron violentamente a la casa, empujando y golpeando a la señora. “¡Orita lo buscamos, y pobre de tí que no lo encontremos!”, dijeron mientras rompían las macetas y cuanto mueble se les atravesó.
Doña Tila, tirada en el zaguán, lloraba desconsolada y llena de miedo. Entonces el Sultán, que solo había estado viendo sin hacer nada, se acercó a su dueña y la estuvo mirando por unos momentos cómo lloraba y gemía. Como si le hubiera ordenado algo o el animal comprendiera algo, se dirigió rápido con cada uno de los malandros como si fuera un torbellino de rabia, las mordidas estuvieron al por mayor, y estos al ver que el animal estaba furioso e incontenible, no les quedó de otra que salir huyendo. Uno sacó su pistola y disparó tratando de matar al perro, pero el balazo solo le perforó una oreja, su primera medalla de guerra. Se fueron maldiciendo, con su buena ración de mordidas y jurando que regresarían. Desde entonces el perro fue el fiel guardián de doña Tila.
A pesar de que tenía fama de vieja amargada y mala, doña Tila era muy buena. Acostumbraba salir temprano los domingos a Misa a la Parroquia, y después compraba verduras y legumbres en la plaza Tacuba. De ahí pedía a un cargador la acompañara para que le ayudara, mientras ella compraba más provisiones en “La Bola”, que ya era de don Carlitos Acevedo.  En un carretón de mano, el cargador le llevaba sus compras hasta su casa, compras muy excesivas para una mujer sola. Pero, lo que no sabían es que doña Tila repartía todo lo comprado entre sus vecinos más cercanos, que vivían también en la pobreza. Los domingos al mediodía era muy esperado el regreso de la mujer. A veces también compraba azúcar, sal, manteca y otras cosas con don Enrique Berumen, y éste en varias ocasiones le preguntó que de dónde sacaba dinero si no tenía marido y ella no trabajaba, y siempre pagaba con monedas de plata. Doña Tila contestaba que tenía un sobrino en los Estados Unidos que le mandaba algo.
Fue para un sábado de gloria cuando la asesinaron. Unos rancheros borrachos que regresaban al Huejote, iban disparando al aire. Doña Tila no alcanzó a esconderse en su casa: cuando apenas cerraba la puerta, una bala le atravesó la cabeza. Quedó tirada en el zaguán. El Sultán se echó junto a ella y comenzó a aullar y gañitar (gañitar es cuando lloran los perros). Los vecinos tuvieron que lazar al bravo animal, ponerle un bozal y luego lo amarraron en el corral, para poder velar a doña Tila. Mientras la sepultaban en el Panteón de Dolores, gente malvada se aprovechó y se llevó las gallinas, macetas, muebles y todo lo que había en la casita de la alameda. Del Sultán nadie se acordó de echarle un taco. Ni tampoco se dieron cuenta cuando rompió el bozal y sus ataduras.
El encargado del panteón vio muchas veces al perro, echado sobre la sepultura de su dueña, pero ¿quién le dijo donde la habían sepultado? ¿Cómo llegaba al panteón? Lo corría a pedradas, pero el Sultán insistía en ir diariamente a la tumba. Por las noches se le veía acostado en los tablones de acceso a la casa, que ya nadie había quitado. Sus aullidos nocturnos se convirtieron en cosa cotidiana. Tampoco nadie supo cuando el perro murió. Un sobrino de doña Atilana llegó un buen día a ver la propiedad, a la que nadie entraba pues se decía que el perro que todas las noches aullaba seguía cuidando. El sobrino entró hasta la recamarita de su tía. Ahí encontró a mitad del cuarto el cadáver semimomificado del Sultán, y aunque pareciera que había muerto mucho tiempo atrás, los vecinos aseguraban que por las noches se le oía aullar.
El sobrino se puso a hacer limpieza de la casa, con intenciones de venderla o rentarla. Al asear el cuarto donde dormía su tía y donde encontró los restos del perro, notó que había una loza negra suelta y que contrastaba con los ladrillos del piso. Sin dificultad quitó la piedra y encontró una oquedad pequeña, recubierta con ladrillos, y lo más sorprendente y grato: la oquedad casi llena de monedas de plata y una que otra de oro.
Entusiasmado por el hallazgo, el sobrino se dedicó luego a derrumbar toda la casa, pensado tal vez que habría más tesoros enterrados en algún otro lugar. ¿Sería ese dinero el encargo que buscaban los malosos jinetes? Solo doña Tila supo, pero su secreto se fue con ella.

PROMOCIÓN INVERNAL: Para que los paisanos que nos visitan puedan llevarse la colección completa de “LEYENDAS Y RELATOS DE JEREZ” les ofrecemos los cinco tomos en promoción $ 350.00. Esta oferta sólo es válida en Reforma No. 51. En los centros de distribución y venta cada ejemplar cuesta $ 120.00.

LIBRO NUEVO: Ya se encuentra en los principales puntos de venta el libro “EN LOS TIEMPOS DE LA GUERRA”, que contiene una novela histórica y un cuento que a muchos les agradará leer y tener en su poder. No apto para viejitas santurronas y rezanderas, caballeros de Colón, representantes de la liga de la decencia, simpatizantes del Manual de Carreño, testigas ensombrilladas de Jehová y demás fauna acostumbrada a darse golpes de pecho…