miércoles, 8 de septiembre de 2010

CIENEGA DE LOS DOLORES

Por desgracia, la identidad histórica de nuestra región se va perdiendo. Los acontecimientos que dieron vida a diferentes rancherías, comunidades y exhaciendas, muy pocos los recuerdan. En esta ocasión, les ofrezco una historia de mi libro “Conozco Jerez”, para que se vayan a conocer
CIENEGA DE LOS DOLORES
A pocos kilómetros del centro de la ciudad, se encuentra un lugar lleno de reminiscencias, de recuerdos de tiempos idos... es la exhacienda de Ciénega que aún hoy en día ofrece a quienes quieran conocerla, bastantes atractivos, que deben ser preservados, ya que este lugar podría convertirse en un gran destino turístico.
La historia nos dice que su poblamiento por españoles fue a la par o poco antes que la villa de Jerez, pues en el archivo histórico de Zacatecas hay viejos legajos donde se menciona a este lugar, conocido como "los ojos de agua de Caldera" (refiriéndose quizá a Pedro Caldera, uno de los fundadores de Jerez).
Luego, la doctora Agueda Jiménez Pelayo, en su bien documentada obra, "Haciendas y comunidades indígenas en el sur de Zacatecas", nos cuenta de este lugar que a mediados del siglo XVII los propietarios eran don Francisco Martín Gallardo y su esposa doña Teresa de Rodas, quienes entre sus modestas propiedades poseían además las haciendas de La Encarnación, Tenango, San Juan de Dios de los Fustes alias El Salto, Huacasco, Santa Rosa de Malpaso, San José de Tayahua, Nuestra Señora de Guadalupe de la Quemada, La Estanzuela, San Miguel de Buenavista, El Tesorero, y por supuesto, Ciénega de Jerez.
Cuando estos buenos señores murieron, sus hijos tal vez desesperados por no saber qué hacer con tanta tierra, comenzaron a vender, y así en 1650, Juan Martín Gallardo vendió a las Madres Clarisas de Querétaro 24 sitios de ganado mayor (cada sitio equivale a 1755 hectáreas), entre esos sitios estaba Ciénega.
Pero como las monjas estaban muy lejos, y en sus monjiles actividades como rezar, hacer chocolate, atender a curas, pedir limosna, etc., no se contemplaba la administración de haciendas, para 1680 andaban vendiendo al mejor postor sus propiedades por estos lares. Así, en subasta pública, el Conde de Santa Rosa, don Juan Bravo de Medrano les compró lo que después sería la extensa hacienda de Santa Rosa de Malpaso, en la cual estaba comprendida Ciénega.
Allá por 1700, se le conocía como "Ciénega de San José", y solo era un conjunto informe de casas que no constituían una hacienda formal. Poco a poco se fueron construyendo las trojes, caballerizas, la casa grande y todo lo necesario para que fuese una hacienda de campo: Los investigadores dicen que en polvosos manuscritos se menciona a Francisco Prieto Gallardo como su poseedor en ese entonces.
Este Prieto Gallardo, también tenía su dinerito y no sabía qué hacer con él. Originario de Aguascalientes, se avecindó en Jerez allá por 1676, e incluso en 1699 era teniente general del alcalde mayor de la villa de Xerez. El teniente era una especie de "secretario" del Alcalde, era el que le "tenía" sus cosas.
Sus descendientes siguieron habitando en Jerez, y después ya no tenemos noticia a quien vendieron, aunque luego se menciona a varios dueños, como don José de la Borda (rico minero que a sus expensas hizo el templo de Santa Prisca en Taxco, y que vino a Zacatecas comprando minas y haciendas). Cuando murió, se quedó como dueño su hijo, que era sacerdote, Manuel de la Borda. Este por medio de varios apoderados administraba sus propiedades en Zacatecas, y cuando entregó su alma al Creador, gran parte de su fortuna pasó a sus apoderados. Y Fermín de Apecechea quedó como propietario de las Haciendas de San José del Maguey, Ciénega de Jerez y Santa Rosa de Malpaso, extensas propiedades.
Para darnos una idea de la extensión de estas haciendas, bastaba con salir de la villa de Jerez y el camino real se encontraba ya en campos de Ciénega, luego seguía en campos de Malpaso y concluía en terrenos de San José de El Maguey, hasta las mismas goteras de la ciudad de Zacatecas, hasta cerca de la Mina de Quebradilla.
En aquellos años, los grandes potentados tenían tanto terreno que incluso hubo quienes no conocían sus propiedades, y fácil las vendían o compraban, como es el caso de Ciénega, que en marzo de 1815 don Antonio María de Gordoa comprara por medio de su apoderado don José Ildelfonso Díaz de León, según un documento que firmaron en el entonces rico Real de Catorce.
En ese documento se avaluó la Hacienda de Ciénega en 142 mil 679 pesos y unos cuantos reales, mientras que la Hacienda de Malpaso fue vendida en 347 mil 842 pesos y dos reales. La de El Maguey costó 211 mil 420 pesos, por lo que suponemos la de Ciénega era más pequeña en extensión e importancia.
Para 1815, este lugar ya era conocido como "Hacienda de Nuestra Señora de los Dolores de Ciénega", pero no tenía capilla, y suponemos que la misma estaría en una de las habitaciones de la casa grande.
La capilla comenzó a construirse el 22 de marzo de 1820 a expensas del Lic. Antonio María de Gordoa, según lo vemos en una clave que cierra el arco de entrada de la capilla de Ciénega que todos conocemos. Creemos que no fueron muchos los años que se utilizaron para su edificación, pues fue dedicada por el Bachiller José Antonio de Joya y Mena a Nuestra Señora de los Dolores. (El Bachiller era el Cura de la Parroquia de Jerez, y a los pocos años del triunfo de la independencia se fue de la región, pues era español neto y no le gustaba que lo vieran feo).
Pocos años después, fue llevada a este templo la imagen de San Antonio, la que hasta la fecha ha sido motivo de gran devoción especialmente por las jerezanas que anteriormente acudían todos los martes a rezarle y a pedirle les concediera un buen marido, y como el deseo se completaba con el jalón del cordón, se tuvo que amarrar la imagen para que no la tumbaran.
Los Gordoa, estuvieron muchos años en posesión de las Haciendas que se compraran en el Real de Catorce, y las hicieron crecer, convirtiéndolas en la despensa de toda esta región.
Así mismo, emparentaron con familias de linaje, como los Viadero, los Breña. Por casi un siglo, las haciendas de Malpaso, El Maguey y Ciénega vivieron una bonanza, una etapa de estabilidad, de riqueza, de producción. Y la vida de los dueños de estas haciendas, giraba sobre las mismas, y así encontramos que -a pesar de los ordenamientos que desde 1824 se habían hecho para la inhumación de cadáveres únicamente en los campos destinados para ello-, en Ciénega no se cumplió este precepto, pues en el interior del templo encontraron cobijo los despojos de los miembros más prominentes de esta rica familia.
"Sinite parvulus venire ad me. Sn Mat C 13. Al brillar la razón en su alma pura, miró los males del doliente suelo, gimió y los ojos rebolviendo (sic) al cielo, voló buscando perennal ventura" reza en la lápida que en un costado del templo cubre los restos, de José María Gordoa y Gordoa, quien murió el 13 de enero de 1854 a los 44 años de edad.
"Volaste al Cielo hombre de fe, hasta allá mi amor te alcanza, mi placer también allá se fue, ¿Qué dejaste aquí?... una esperanza" es el epitafio que se puede leer en el sepulcro de José María Gordoa, quien muriera el 8 de diciembre de 1858, de 39 años de edad. Y también en ese lateral se encuentra la lápida que anuncia que ahí fue sepultada María Gordoa de Gordoa el 17 de junio de 1881.
Una placa de mármol, nos dice que Concepción Viadero Gordoa murió el 15 de marzo de 1884.
En el piso del templo, vemos varias planchas mármol entre las que están la de Máximo A. Viadero, fallecido el 20 de Mayo de 1886; la de Margarita Breña Gordoa, muerta el 15 de agosto de 1907; la de María Gordoa y Gordoa viuda de Viadero, fallecida en Zacatecas el 22 de Noviembre de 1911. Esta plancha o lápida es de mármol negro y fue mandada colocar por la hermana de la difunta, Francisca. Se dice que en sus extremos tenía cuatro monedas insertadas, pero solo quedan las huellas de las mismas.
Y, la última persona sepultada en el interior de ese templo, creemos que fue doña Ignacia Breña Gordoa, quien murió el 25 de agosto de 1921.
Luego, con la revolución, comenzaría una serie de revueltas, de disputas, y las haciendas se fueron desmembrando, sus propietarios huyeron dejándolas en manos de apoderados.
Comenzó también el reparto agrario, y la hacienda de Ciénega fue una de las primeras en las que pusieron los ojos los que querían tierras. De inmediato comenzaron los dimes y diretes, los estira y afloja, y en varias veces, los apoderados de Ciénega veían impotentes como llegaban las resoluciones de reparto agrario, dejándoles solo pequeños sembradíos pegados a la casa grande.
En tiempos de la cristiada, la casa grande de Ciénega fue utilizada por el General Anacleto López como su cuartel general. Entonces, muchos de los añosos álamos, mezquites, chabacanos y pirules fueron testigos de las aberraciones de la guerra, de los ajusticiamientos, de los ahorcamientos, de los fusilamientos. Cerca de Ciénega, por el camino a El Compartidor, existe una lápida que cubre una fosa donde se da testimonio del asesinato de varios pacíficos vecinos por parte de las tropas del ejército.
Después, lo que quedó de la casa grande de la hacienda, fue comprada por el Sr. Cura Carlos Uriel Argüelles, cuyo sobrino Rafael Argüelles la ha tratado de conservar, tanto la casa como la huerta y el templo además.
En los años cincuenta y sesenta, era todo un maravilloso y esperado suceso el ir a Ciénega de paseo. Desde muy temprano nos levantábamos para irnos caminando por todo lo que es ahora la Colonia Guadalupe, luego atravesar el río, por en medio del barranco y subir por la calle de la huerta. Nos admiraba llegar al tanque y ver los patos, garzetas y muchas aves que disfrutaban de sus aguas.

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